LA LUCHA COTIDIANA DE LOS AFROS DESPLAZADOS EN BOGOTÁ

SE RESISTEN AL OLVIDO DE SU CULTURA Y AL RACISMO DE QUIEN NO LOS ENTIENDE

De los 5,7 millones de desplazados por la violencia que viven en Colombia, según el informe del Consejo Noruego para los Refugiados (CNR) y la Acnur, 491.471 están en Bogotá. El 11 por ciento de ellos, de acuerdo con la Unidad de Víctimas, son afros.

Ocupan principalmente las localidades más vulnerables de la capital: Usme, Ciudad Bolívar y Rafael Uribe Uribe. Tras tres décadas de desplazamiento forzado en el Pacífico colombiano, el sur de la ciudad se ha inundado con las primeras generaciones de ‘afrobogotanos’.

Nacen en capital del país, pero bailan como si sus pies los llevaran a la región de sus padres y abuelos. No importa si es salsa o currulao, su balanceo no se parece al de los ‘cachaquitos’ de 8 y 12 años con los que estudian.

Aunque aún no están en edad de ir a fiestas, pasan del reguetón al mapalé o del hip hop al bullerengue. Los violentos que sacaron a sus familias de Chocó, Cauca, Valle y Nariño no expulsaron de su sangre las raíces que extienden por Bogotá.

Sus papás llegaron hace más de diez años a barrios como Alfonso López, en Usme. Les dicen perezosos, bulliciosos, sucios. Todo porque no conciben asear sus casas o trabajar sin tener música a todo volumen. Por eso les cuesta tanto conseguir que les arrienden una pieza.

“Los mestizos nos rechazan. Fue muy duro llegar a Bogotá. El frío, el racismo. Nuestros niños tienen música por dentro. Si se aburren, tocan la mesa como si fueran bombos, pero los profesores los castigan”, dice María Rosa Murillo, desplazada de Istmina (Chocó).

Cuenta cómo les envían notas para quejarse de los tocados coloridos y el cabello alborotado que los niños usan en el colegio. “Nos discriminan porque desconocen nuestras raíces”, dice.

Los violentos desterraron a Rosa de Istmina. Le mataron un hermano. Le robaron el sueño de criar a su familia en la finca de sus padres. Ahora vive en un cuarto que no es de ella, en una ciudad que tampoco le pertenece, pero a la que se aferró al entender, tras varios intentos de volver, que no había vida para ella en su propia tierra.

Jeison Eduardo Valencia, de Guapi (Valle del Cauca), también es desplazado. Llegó a Bogotá en el 2008 para huir de la violencia, al igual que sus 11 hermanos, desperdigados por todo el país. Dos de ellos fueron asesinados.

“Al llegar, conocí muchos afros, a mi esposa –cuenta mientras carga su bebé de 3 meses–. Aquí uno necesita plata para todo, pero entre todos nos apoyamos”, agrega.

Rosa y Jeison recuperaron el aliento en el sonido del bombo, del guasá y la marimba. En 2009 crearon, junto a otros afros, el Centro de Estudios y de Investigación Sociocultural del Pacífico Colombiano (Cispac), parte del programa Cultura en Común, del Instituto Distrital para las Artes (Idartes).

“Nos preocupa el desarraigo de los jóvenes que están naciendo en Bogotá sin la cultura”, anota Carlos Antonio Vidal, otro de los creadores de Cispac, que llegó en 1982 porque su habilidad para tallar piedras preciosas, no era útil en su región.

Mientras bailan un currulao del grupo Socavón, en Usme, cinco niñas delgaditas y de tez negra danzan con ellos, como si no hubieran nacido en la capital; como si se prepararan para sembrar, en el futuro, la semilla afro en su descendencia.

ASOMECOS AFRO

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