UNA MARCA PARA LA CANDELARIA

 

Un grupo de 320 emprendedores participaron en un proceso que duró año y medio, en el que crearon una red que ofertará sus productos bajo el nombre de la localidad donde laboran.

Aquí un emprendedor es el joyero Camilo Castiblanco, especializado en accesorios para mujeres, particularmente “para una mujer moderna”, dice. También lo es Luis Enrique Garzón, quien desde hace un año y medio, bajo una caseta ubicada en la carrera séptima con calle 12, instala a diario dos mesas con seis tableros de ajedrez, para que el que quiera jugar, juegue, y el que quiera aprender reciba instrucciones por $1.000. No se cruzan en sus trabajos, pero integran un grupo de 320 microempresarios de una red de emprendedores que hoy lanzan la marca La Candelaria como estrategia para impulsar el fruto de sus labores. Se trata de una marca “paraguas”, que no implica que la razón social de los negocios de cada participante desaparezca. Simplemente las acompañará como muestra de calidad, explica Servando Saavedra, un español que se ha encargado de asesorar la iniciativa.

Han participado en un proceso que cumple más de un año, en el que han recibido apoyo de la Alcaldía local y Fenalco. Primero conformaron la Red de Emprendedores de La Candelaria (REC) y, capacitación tras capacitación, corrigiendo errores, perfeccionando sus técnicas y aprendiendo posibles modelos de negocio, llegan hoy al lanzamiento de una marca con la que se buscan canales más grandes de distribución y la internacionalización de algunos productos. Una característica particular, más allá de enfocarse en el mejoramiento de los productos, es valorar de forma positiva las historias de vida de los participantes, explica Saavedra.

Tan solo basta hablar unos minutos con Luis Enrique y Camilo para constatar que ese propósito tiene sentido. El ajedrecista aprendió a jugar bajo la tutela de su hermano en San José del Guaviare, donde ambos vendían ropa. Era este un oficio familiar al que se dedicaron en la capital del Guaviare como forma de buscar suerte fuera de Bogotá. “Pero como había tanta violencia”, recuerda Luis Enrique, “nos encerrábamos y jugábamos ajedrez para pasar el tiempo”. Dejó la mercancía y se hizo a los tableros en los que hoy juegan sus clientes. La propuesta para que el negocio crezca es contar con 10 mesas que, según sus cálculos, le permitirían pasar de 70 a 300 clientes diarios.

 Camilo no ha dado saltos tan grandes y siempre se ha mantenido en la línea de la joyería. Es un artista plástico que, con un primo, heredó el oficio de sus tías y hoy lo mantiene, en medio de cuarzos, amatistas, lapislázulis y esmeraldas, en un local del sector de los joyeros de la carrera 6 con calle 12, en La Candelaria, a donde suele llegar en bicicleta desde Suba. Allí seguirá empacando sus pedidos en una bolsa con la nueva marca en donde, al tiempo, podrá meter las tarjetas y etiquetas de la empresa con la que viene trabajando desde hace años.

Ellos y sus más de 300 compañeros presentaron recientemente sus propuestas ante un grupo de representantes de posibles inversionistas y en los próximos días 12 serán escogidos para financiarlos. De forma paralela, además, avanza una iniciativa de crowdfunding, es decir, de recaudación de donaciones a través de internet. “Hacerlo por métodos tradicionales como la financiación de los bancos es complejo para ellos, porque no pueden demostrar solvencia financiera”, aclara Saavedra.

Aquí prima el optimismo, al punto de que este asesor español la considera como una iniciativa de innovación social, cuyo proceso con los participantes es ejemplo internacional y, además, fácilmente replicable en otros lugares. Las autoridades locales de Barrios Unidos, indica, están interesadas en adelantar una iniciativa similar.

El evento de hoy, aunque marca la conclusión de una etapa, al tiempo es un punto de partida para que los microempresarios y la informalidad de una localidad, símbolo de la tradición de Bogotá, le vean nueva cara al horizonte.

EL ESPECTADOR

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