REDESCUBRIENDO EL LEGADO DEL CHOCOANO ARNOLDO PALACIOS

REDESCUBRIENDO EL LEGADO DEL CHOCOANO ARNOLDO PALACIOS

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Negro, blanco, indio, mulato, zambo, mestizo, prieto, pálido, aborigen, zarabiado, son los hilos étnicos de una Latinoamérica de trenzados multiculturales, cuyas raíces brotan de tiempos ancestrales en los que la humanidad estaba condensada en los primeros seres bípedos que caminaron sobre la tierra roja de la abuela África.

Son nuestros ancestros más antiguos, sin raza, ni racismo, que se aparearon, multiplicaron y se adaptaron a los contornos fríos, calientes, tropicales, llanos o montañosos de un planeta que fue esculpiendo sus rasgos, su color, su pelo, la forma de sus huesos, según el clima y el terreno al que migraron; entonces nacieron las diferentes etnias, las costumbres culturales, las prácticas y creencias mágico-religiosas, que distinguieron a los unos de los otros, hasta que la América

Colonizada unió de nuevo los hilos de la genética universal y parió a los primeros seres mezclados, en los que se unieron y transformaron siglos de historia genética, espiritual y cultural de diferentes continentes.

Centenios después del surgimiento del mestizaje en América, Arnoldo Palacios, un hombre descendiente del cruce de diversas etnias africanas esclavizadas, indígenas chocoanos, blancos europeos, vascos y árabes esclavistas, y Beatrice, una mujer blanca-mestiza, descendiente de antiguas familias nobles normandas y germanicas y de una abuela campesina bretona de padres desconocidos, se unieron y gestaron cuatro hijos a los que educaron según criterios universales, basados en la armonía entre sus raíces, y fue así que Arnoldo Palacios se dio cuenta que en él y su descendencia existía un Hombre Universal.

Beatrice Palacios es francesa, tiene el cabello dorado, sus ojos son rasgados y azules como un cielo de Cali a las 5 de la tarde, mira fijo, su mirada denota un espíritu reflexivo, tiene un pensamiento étnico inusual para el círculo social del que proviene, es una mujer blanca que desde niña idealizó a los negros. En los últimos años, junto a Arnoldo, descubrió que sus ancestros maternales escondieron sus títulos de nobles durante la Revolución Francesa en1789, y que otros de ellos tuvieron esclavos en las plantaciones de algodón en Louisiana- Estados Unidos, hasta la guerra de Secesión entre 1861 y 1865.

Hoy, Beatrice está vestida de negro, lleva tacones plateados, las uñas pintadas de fucsia y recuerda que su familia la echó del castillo junto con su esposo y sus hijos, y la sacó de las herencias familiares porque se casó con un negro progresista, Arnoldo Palacios Mosquera.

Arnoldo fue escritor, nació en Cértegui, una población selvática del místico Chocó, en1924. Creció en una familia con mixtura entre las tradiciones indígenas de una de sus abuelas, y las raíces afro de la otra. Mientras escuchaba los secretos mágicos de los mayores para curar enfermedades, brujerías, y protegerse de los malos espíritus, Arnoldo leía La Iliada y se imaginaba que los Héroes eran negros, también leía los artículos que leía el papá, las Lecturas Escogidas que se había leído todo el pueblo, y la biblia, era un niño quieto, meditabundo, tenía poliomielitis, andaba en muletas, y fue a donde quiso.

A los 15 años, en 1941, llegó a Quibdó para estudiar bachillerato, al año se fue a estudiar en el Externado Camilo Torres de Bogotá, escribió en el diario El Liberal, asistía a las conferencias de Jorge Eliecer Gaitán, a los 25 años terminó el manuscrito de Las Estrellas son negras, una novela política que reflejaba la situación de muchas poblaciones afrodescendientes de Colombia, se le quemó en el Bogotazo, la reescribió en 15 días, el tiraje se vendió en tres semanas, al autor lo becaron para estudiar en Estados Unidos o en París, él prefirió La Sorbona en Francia a causa de la Revolución Francesa.

En Europa conoció gentes de los movimientos de izquierda y el proceso de las guerras independentistas del África. Un día lo invitaron al Congreso Internacional de La Paz en Varsovia, allí denunció la guerra bipartidista en Colombia y por su intervención le quitaron la beca; se convirtió en un perseguido político y en su trasegar viajó por varios países de Europa, conoció a Louis Armstrong y a Brigitte Bardot.

Después de trasegar por muchos países europeos atravesando las fronteras clandestinamente, Arnoldo Palacios volvió a Colombia, y cuando se abrió la puerta del ascensor de un edificio de la calle 21 en Bogotá, Beatrice se cruzó con él, vio su rostro, oyó su risa, y se dijo que ese era el hombre con quien quería compartir su vida. Fue en los años 70´s, él tenía 50 años y ella 25.

Se fueron juntos a Europa, Beatrice fecundó cuatro hijos, Pol, Eloísa, Matías y Leopoldo, mientras los gestaba algo ocurría en ella, sentía que sus entrañas eran el África, aquél antiguo continente donde el primer humano vio la luz del mundo, el centro de la Pangea de la que se desprendieron los otros continentes como se desprenderían de su vientre aquellos seres que eran tan negros, como indígenas y blancos; entonces supo que daría a luz al “Hombre Universal” y mientras los criaba, conforme a las costumbres de los antiguos esclavos chocoanos de donde provenía Arnoldo, al tiempo que los relacionaba también con costumbres indígenas y blancas, estudió por años acerca del origen de nuestra especie, y supo que todos somos hijos de los negros.

En noviembre del año 2015, Arnoldo Palacios emprendió su vuelta al útero, en Cértegui está sembrado su cuerpo mientras su espíritu navega por El Volga, pues su hijo Leopoldo tomó un puñado de tierra de su sepultura y la llevó a Rusia para lanzarla en el gran río, a donde su padre había querido que fueran juntos. Quizá se haya encontrado con León Tolstoi.

“Arnoldo sigue andando”, exclama Beatrice mientras toma un sorbo de café, es sin duda una mujer revolucionaria que rompió los parámetros culturales, morales, étnicos y mentales de su sociedad, desde niña soñaba con ser Santa en el África, luego se asumió como una sacerdotisa que alentaba el fuego del espíritu de aquél hombre al que deificó y concibió como un dios humano, pues además de identificar su genio cuando lo veía traducir al español poesías escritas en las trece idiomas europeos que hablaba, también descubrió que su compañero tenía poderes de telepatía, mediumnidad, videncia y curación, pues curaba casi todos los dolores del cuerpo de su familia sólo con los dedos o utilizando agua caliente y limón, y su presencia producía un fuerte impacto en las personas de los lugares a donde llegaban.

Es esta la entrevista a una mujer que opina que el color de piel es sólo una anécdota, que el África es la columna vertebral de la humanidad, que la educación debe basarse en la capacidad de hacer una síntesis cultural de las raíces y principios de nuestros antepasados y que el mestizo es el Hombre Universal.

Tú eres una mujer blanca, europea, con títulos hereditarios que te hacen una condesa, y unas tradiciones culturales muy distintas a las Latinoamericanas, ¿Qué hizo que una mujer como tú decidiera compartir su vida con un hombre afro, descendiente de un pueblo esclavizado, y habitante de un país donde su pueblo es discriminado?

– Para empezar, no hablo de la discriminación según el término histórico y visto por los blancos. Creo que los Americanos no usan los mismos medios para juzgar su situación y su historia. Cuando me di cuenta que sólo el hombre negro o el hombre de color me interesaba tenía 25 años, antes no había entendido lo que pasaba porque los hombres europeos no alcanzaban a conmover mi sensibilidad. La educación mía consistía en aprender que, por guerras y conquista de la iglesia católica, Francia se había apoderado de casi la tercera parte del continente africano y que nuestro papel era educar a sus pueblos para hacerles progresar, que tuvieran nuestra manera de ser; por eso es que mandaban misionarios blancos a África.

Siendo pequeña me habían preguntado qué quería ser yo, entonces había contestado que quería ser Santa porque me educaron así, pero sobre todo donde los negros porque en mi parecer, podía ser Santa únicamente en África: para mí era lo supremo de lo que se podía vivir en una vida. Mi hija un día me dijo: “Pero mamá, debe saber en su memoria de niña por qué a usted le gustaban los hombres de color y por qué se  dio cuenta que los blancos no le interesaban”, y entonces me puse a pensar que desde pequeña, mis héroes eran negros; tenía colección de fotografías de niños negros y de africanos, entonces pensé que era algo en mi memoria de joven, en mi sensibilidad.

Cuando encontré a Arnoldo, vi en ese tipo de hombre con ese carisma, esa manera luminosa de ser, que ese era el mío. Los Romanos tenían una diosa que se llamaba Vesta, era la diosa del fuego eterno y a causa de eso la diosa del hogar. El primer fuego del hombre y el fuego de los dioses nunca se debía apagar, entonces las sacerdotisas educadas desde los seis años, alimentaban día y noche ese fuego, se llamaban Vestales, y yo me di cuenta que mi vida entera podía consagrarme a alimentar ese fuego que tenía ese señor en su manera de ser, en su ser profundo.

Después de tener cuatro hijos, tuve la sorpresa de que dos eran de piel blanca pero con rasgos de negros también. En el caso de los mellizos, ella es negra y él es blanco, para mí eso fue un misterio de raza y para educarlos a los cuatro debía encontrar la razón de lo que era un negro, de lo que era un indígena o un normando en la asimilación de las raíces, de la identidad de esos cuatro hijos tan diferentes. Entonces debía llegar a entender al abuelo, al bisabuelo, y había que subir hasta más arriba. Debía buscar en la humanidad de dónde venía la diversidad de esa negritud y de esa blancura; eran diferencias en la piel y en el cabello, pero que se revelaban sobre todo en el comportamiento y en el carácter de cada uno; la diplomacia en los conflictos típica de una de las abuelas o el amor a las ciencias psíquicas de uno de los abuelos, por ejemplo.

Entonces observé que los muchachos nuestros todos, son más dependientes del abuelo que de los padres. Para mí es una ley que se debe buscar ahora, ¿cómo se da que los abuelos marcan más el patrimonio de un niño que sus propios padres? Arnoldo quería educar nuestros hijos como él había sido educado en los años 1930, y los educamos como Arnoldo decía que sus abuelos eran.

¿Y cómo fue ese proceso de criar a tus hijos tomando elementos tanto de sus raíces negras, como indígenas y blancas?

– Es que dejamos a los niños ser lo que son, porque no podíamos dejarlos con prejuicios de clase o de raza o de religión. En el caso de mi familia, teníamos elementos para seguir la conciencia histórica a la medida de algunos siglos. Habían llevado con ellos, anclados como código sagrado  para desarrollar o mantener sus poderes y privilegios, objetos, relatos y escritos transmitidos por sus antepasados desde la Edad Media de Europa, es decir en los años 900.

Habían borrado y escondido sus títulos de nobleza y archivos familiares desde la Revolución francesa, pero no habían nunca borrado la conciencia de su identidad y sus valores feudales.

Yo siempre fui resistente a los valores feudales de mi familia, tomé el poder sobre mi libertad. Por ser yo inconscientemente fiel a los valores de -quizás- mi abuela de padres desconocidos, a quien ni siquiera había conocido y de quien ninguna foto me llegó a los ojos porque murió joven dando a luz a mi padre. Los derechos que los burgueses y el pueblo lograron arrancar de los poderes señoriales de familias como la mía durante la Revolución francesa, fueron violencia pura para ellos. Se podría decir una violencia de la misma naturaleza que la causada a un cacique o un campesino, maestros de su libertad y de su identidad, indio o africano, y reducidos al estatus de esclavos.

La herida histórica alcanza un sentimiento profundo en la identidad de uno, es tan real que la víctima transmite su clamor y su rebeldía intactos a numerosas generaciones que vienen después. Así, por ese mecanismo de trasmisión de identidad a lo largo de los siglos, mis ascendentes prefirieron guardar hasta hoy el fachismo en política, el rechazo virulento de la mezcla de clases sociales, aprovecharon el racismo organizado y la explotación que hacían de otros seres los que dominaban en cada época su historia.

De la misma manera, Arnoldo fue tan sensible al traumatismo causado por la esclavitud en la identidad de sus bisabuelos, que vivió toda su vida identificándose con ellos y, de ahí, con la historia de miles de esclavos para, desesperadamente,  darles voz y clamor victorioso para el futuro.

Las personas de mi familia se sentían superiores a nivel cultural y social, no aguantaban que yo estuviera con un negro hijo de esclavos y progresista, que fueramos nosotros tan libres de toda forma de conformidad a cualquier medio social, y nos echaron.

Educamos a los niños para que fueran a su gusto, tanto con sus amigos, hijos de los pescadores de nuestro pueblito, como con ciertos barones de mi familia, o con los indígenas y los negros chocoanos, que eran sus primos todos, así como en nuestra choza de techo de paja y suelo de barro o en el Castillo Presidencial de Francia donde fuimos invitados.

Nosotros somos un caso extremo en el mestizaje, un negro-indio- blanco-vasco-árabe y una blanca-vikinga- bretona-alemana. El arte de la educación es permitir a cada uno hacer la síntesis de su mestizaje, pero hay que salvar es los valores; si no viene de lo mejor de las raíces, la transmisión del mestizaje es un fracaso.

Hemos buscado educar a un hombre nuevo que admite la gran diversidad. Arnoldo y yo compartíamos desde el principio de nuestro encuentro la idea de un hombre ideal, una síntesis de todas las identidades. No hemos querido criarlos sólo con el mundo occidental, donde estudiaban en escuelas francesas, sino conectarlos con el mismo plan de valores que sus primos indígenas y negros.

La esclavitud rescató lo mejor de esos hombres, porque dejó que sobrevivieran los más resistentes, los que querían vivir. Sus valores morales y espirituales fueron tan fuertes, que sobrevivieron hasta hoy. Hemos tenido razón en criarlos como los antiguos esclavos chocoanos africanos, que educaban juntos a todos los niños del pueblo con respeto a los ancianos y solidaridad absoluta entre todos. De cualquier época el anciano representa al mundo sólido, puede transmitir la memoria de la humanidad. El mestizaje es más fuerte a nivel del bisabuelo.

En ellos tienes el patrimonio; el color es la anécdota, no es el color de la piel lo que tiene que ver en realidad; la capacidad humana es hacer su síntesis cultural y de valores. Tus ancestros están vivos porque tú sigues la transmisión.

¿Qué es eso que Arnoldo Palacios llamaba “El Hombre Universal”?

– Por nuestros cuatro hijos hemos sido obligados a hacer esa síntesis de las raíces, pero sin la religión y sin principios morales, porque Arnoldo no quería ni moral, ni saber lo que era Bien y Mal, ni saber lo que era iglesia, debíamos educar a los niños solamente con valores universales humanos. Entonces debíamos siempre volver a encontrar lo universal para educarlos, y hacer únicamente lo que parece bueno para una educación universal; entonces podías enseñar al niño lo contrario de lo que dice el medio social.

“Si quieres algo, lo quieres fuerte y te ayudamos si es verdad y es transparente”, era la única ley de la familia; “tú estudias pero sabes que para estudiar algo tienes luces de varios lados; un valor humano puede ser bueno en un lado pero no en el otro. Si quieres ser universal tienes que estar defendiendo tu manera de ver y de ser en cualquier medio, donde los indígenas o donde los barones”.

El mestizo es el hombre universal, es la historia de la humanidad, es el hombre que se desarrolló en todo el planeta, es el patrimonio diversificado y el hombre es hijo de los primeros individuos que existieron. De todos modos somos un solo individuo diversificado.

El mestizaje es una muestra para mí de lo que la naturaleza produce, tenemos muchos ADN´S y tenemos que sintetizarlos. Si una nieta blanca tiene combinaciones que no son evidentes, para su síntesis armoniosa tiene que conocer bien a su abuelo negro.

Hay algo que ocurre en muchas comunidades afrodescendientes, y es que la esencia de muchas de las actividades rituales y cotidianas de sus ancestros Africanos se mantienen, obviamente hay re elaboraciones porque hubo encuentro con tradiciones indígenas y blancas, pero si escuchamos cantar a una mujer de San Basilio de Palenque en el Ritual del Lumbalú cuando están despidiendo a sus muertos, y escuchas a una mujer del Chocó, encuentras muchas similitudes, lo mismo si ves bailar a una mujer de Salvador de Bahía o una de New Orleans, pueden tener pasos idénticos. Tú has ido al África, has tenido encuentros con lo que podríamos llamar los ancestros de los afrodescendientes en Colombia, ¿Qué elementos has encontrado tú en tus visitas al África que te hayan parecido comunes con lo que has visto en el Chocó?

– Yo conocí al Chocó cuando estaba encinta de mi hijo mayor, en 1978, y lo estudié miles de días traduciendo Buscando mi madrededios, años con Arnoldo educando a los niños como en Cértegui. Creo más bien hoy que el Chocó es distinto, es como una olla y es una mezcla de nuevo africano aislado. De lo poco que conozco de África puedo hablar más cerca de Cértegui, no del Chocó en general.

Se puede decir que el Certegueño es el fruto quizá de unas 20 o 30 personas esclavas de África, de los mejores que sobrevivieron de ese transporte y de esas guerras de allá. Fueron esclavos excepcionales, el carácter de Cértegui viene de unas pocas familias.

Los que quedan ahora son como una sola familia con un inmenso corazón, de solidaridad humana sin límite. Es lo que está en Buscando mi madrededios: la calidad humana de esos seres que están muy cerca.

Pero tú hiciste un viaje a una región del África, te encontraste con un Rey Vudú yterminaste en un lugar donde habían minas e identificaste elementos comunes con cómo vive la gente en Cértegui, ¿Nos puedes contar esa historia?

– Es que siempre he tenido la conciencia de vivir en mis entrañas la historia de la humanidad, y de seguir su camino a través de los siglos, saliendo de África y volviendo a Europa, por una gran vuelta alrededor del planeta. Entonces me dije “debo buscar los ancestros negros”; los míos los conocía hasta siglos antes, pero quería saber dónde estaban los ancestros más antiguos de Arnoldo. Cuando yo estuve en el tribunal para defendernos porque nos echaron del castillo y de los bienes heredados, hice búsqueda en los archivos de la familia y descubrí que una parte de los ancestros del lado de uno de mis abuelos habían tenido más de cien esclavos en los campos de algodón en América, y entonces entendí porqué mi madre me mostraba las tumbas de las mujeres negras que habían dado leche de sus senos a la bisabuela del castillo. ¿Quiénes eran esas señoras por las que yo me interesaba desde muy pequeña y venían de la guerra de secesión? La madre de mi bisabuela y su marido, se habían venido en el castillo con sus nodrizas porque huía ella de la guerra de secesión.

Arnoldo se sorprendió de haberse casado con una señora que había tenido esclavos en su familia. Para nosotros fue una gran sorpresa descubrir que yo era nieta de una esclavista, cuando él era nieto de esclavos. ¡Ah! ¿y cómo educar a nuestros niños con esa realidad tan cruda? Era abrir un libro de la historia tan conmovedora.

Para los niños nuestros, eso era normal, estaban acostumbrados a todo tipo de valores y de acontecimientos espectaculares en sus vidas, era una noticia interesante que contenía la realidad de su historia tal como era, no más. No la contaban a sus amigos, como no contaban tampoco que su padre conocía diversos presidentes de la República, a Franz Fanon, a Polanski o a Duke Ellington. Evitaban contarlo para no ser considerados mentirosos o fabuladores. Nosotros sí nos interesábamos, y creo que hasta el final de su vida Arnoldo quedó impresionado de que la familia mía había sido esclavista, y yo también me impresiono porque no hay otro remedio.

Yo tenía esa pasión por esa raíz negra. Entonces, cuando Arnoldo se enfermó decidimos, los niños y yo, instalarlo de nuevo en su familia en Colombia para salvar su cerebro. Como yo estaba sola en la casa y sola en todas partes, me fui a África a buscar sus ancestros y los ancestros de mis niños, esas raíces que sentía fuerte en mí. Cuando usted está encinta sabe que tiene una vida moviéndose dentro de usted, sabe que está creando un órgano nuevo que empuja a la humanidad hacia adelante. Sentir el movimiento de esos seres en mi propio ser fue el acontecimiento más importante de mi vida. Sabía que era un negro que estaba moviéndose dentro mío, por eso cuando tuve los mellizos y vi que el niño era blanco, estaba casi segura que se habían equivocado en la clínica: no había nunca imaginado tener un hijo blanco, estaba rubio como yo y tenía la piel blanca, y cuando este nació y también el menor, busqué todo signo que los hacía, por lo menos, ¡mestizos!

Arnoldo ahora tiene una nieta blanca: el mellizo se casó con una mujer blanca y tuvieron una hija blanca que se parece a mí y a mis abuelas como si fuéramos gotas de agua.

Entonces miro esa niña, que es nieta blanquísima con ojos azules de un abuelo negro, y me digo que el color de la piel es verdaderamente la anécdota.

Cuando estábamos en París, nos encontramos con unos africanos de la colonia de Benín, que es un país estrecho y largo en el Golfo de Guinea, y supe que de Ouidah salieron millones de esclavos durante siglos. Teníamos a menudo la sorpresa de que unos Beninos, cuando estábamos en conferencias o en la calle, se aproximaban donde Arnoldo, lo saludaban y venían a tocarle la mano hablándole su idioma del Norte del Benín que se llama Fon, el idioma Fon. Así que un día me dije: Bueno, estoy sola, me voy a buscar mis ancestros que me hicieron mover las entrañas dándome esa vida que para mí era lo más mágico.

Es que tener un ser negro en mi vientre, eso para mí era mágico. Como estuve encinta cuatro veces, (perdí el primero y no supe cómo era), tuve a Pol, a los mellizos y a Leopoldo, entonces me dije: “Voy al Benín y busco los ancestros”. Cuando estamos encinta el útero es más, todo se va hasta los centros del cerebro que dan sus órdenes a los órganos, y me sentía negra hasta arriba, recordé esa sensación y me fui al Benín.

Llegué a la playa de Ouidah que es impresionante con esa tierra roja viejísima, que tiene millares de años, América se fue de un lado, India del otro, Australia se apartó, pero ese corazón del África viene con Ouidah, Ouidah tiene la columna vertebral, para mí el camino de telepatía que viene de África está ahí y se va hasta los otros continentes.

Entonces fui al continente africano por primera vez en Ouidah, donde salieron esos hombres por millones. Hemos conocido al presidente de Senegal, nos dijo que África perdió 200 millones de habitantes durante todos esos siglos de esclavitud, porque mataron a muchos para capturarlos. Sentí allá los millones de seres que salieron de África sin saber lo que era el mar, porque el mar es salvaje: cuando llega a la playa son olas impresionantes, nadie se mete ahí a nadar, hay algunos barcos pequeños de pescadores que entran para llegar a la ola menos alta, pescan, y salen rápido, pero nadie se atreve a adentrarse, es impresionante porque son miles de kilómetros de playa. Los esclavistas parqueaban a los presos en Abomey, la antigua capital que está como a 100 kilómetros, y los obligaban a dar una vuelta alrededor de un palo que le decían “El Palo del Olvido”, para que olvidaran su antigua vida antes de entrar en el barco. Cuando uno está frente al mar, con esa extendida tierra roja de un lado al otro del horizonte, con la bulla salvaje de las olas, es impresionante porque uno está con el alma de África en el Ser.

Así que, naturalmente, entré en mí misma, hasta concentrarme completamente en mis entrañas, con la conciencia de lo sagrado del camino que tomé en la vida, y sentí que estaba en mi puesto, dando la espalda al océano como si fuera yo un esclavo de los tiempos de antes volviendo a su tierra, mirando el llano de arena roja extendiéndose hacia el norte del país, con la certeza de encontrar a los padres de los esclavos de Cértegui. Así que seguí el camino invisible, el que me marcaba la presencia de esos seres que hicieron una vuelta para olvidar en Abomey, y me fui para allá.

Una negra que se llama Beda me indicó un albergue dónde dormir, era de un Rey Vudú que ella había conocido, se llamaba Dah, “usted se va a conocerlo y le dice que va de mi parte”, me dijo Beda, el albergue se llamaba “La Lucha”. Y me dije: “¡Cómo un Rey Vudú llama a su albergue La Lucha!”, y llegué y era un lugar muy oscuro adentro. Dah me dijo que sí había un cuarto para mí, entré y era un laberinto con cuerpos de serpientes, con estatuas en el suelo, techos llenos de marca de humedad, animales que corrían por ahí.

Pero lo que me importaba era Dah, así que me quedé y él se ocupó solamente de mí, nunca vi a su señora, vi únicamente a su hija y se ocupaban de mí día y noche. Me llevó en motocicleta a sitios secretos donde hacían ceremonias de Vudú, templos de Pitón, y después de tres o cuatro días le dije que buscaba a los ancestros de mi marido y mis hijos, entonces me dijo: “usted va a seguir a los amigos míos Vudú hasta el norte, porque en el norte había minas de oro de donde seguramente se llevaron a los especialistas en encontrar oro. Días después llegué a Natitingou donde debía haber un cierto viejo albañil, y lo encontré.

Llegué a un patio donde había un Baobab, una casa con techo de paja y el fogón detrás de la casa con la loza de metal, todo dispuesto exactamente como en Cértegui; tenían también un objeto para animar el fogón que se hace con trenzas de fique lo mismo que en Cértegui.

Las casas estaban sobre troncos como en Cértegui, las escaleras de madera cortada con machete como en Cértegui, todo estaba como en Cértegui, y entonces le dije al viejo albañil que quería conocer mis ancestros. Sentado bajo el baobab, sobre su pequeño asiento de madera esculpida, el albañil me escuchó en silencio y, sin cuestionarme, me dijo con cariño: “aquí estás, te llevo mañana a las minas secretas de nuestro oro”. Me instalaron en la cama matrimonial cuando cayó la noche, el viejo albañil y su esposa se acostaron en la arena del patio bajo un cielo iluminado por millares de estrellas, era como en el comienzo del mundo, durmiendo en el suelo, delante de la entrada de su cuarto en donde yo dormía.

Al día siguiente me llevó a las minas con su sobrino y un primo. Recibí un golpe en el corazón: la voz de uno de ellos era idéntica a la de Arnoldo. Además hacía calor como en Cértegui, había un río pequeño de corriente fuerte, y la niña, con el sol que pegaba duro, estaba buscando su orito como en Cértegui. ¡Todo era como en Cértegui!

Vamos a hablar de lo espiritual, ¿Tú reconoces en tu espiritualidad una conexión con el África?

– Es fuerte la noción de columna vertebral con el África. América es un pedazo del África, de la Pangea. Yo tengo la noción del planeta en las entrañas, por eso fui al Norte de Benin a buscar mis raíces africanas y encontré a Cértegui allá. La columna vertebral del África es también mi columna vertebral, es la identidad de mis entrañas, es telúrica porque yo también fui fecundada por África. Las ondas del planeta las tenemos nosotros dando vida, de ese viejo continente de la Pangea se desplazan todas las capas tectónicas. Yo soy un volcán vivo y esas fuerzas telúricas corresponden al África y a mis entrañas.

Cuando la naturaleza inventó la variedad, nació el hombre. La vida sale del plasma de la tierra. Yo me fui una vez a Yellowstone, una inmensa región volcánica de Norteamèrica con muchos geiseres y charcos de lodo hirviendo, porque allá descubrieron Archaeas, nanobacterias presentes en ese lodo que bulle y borbotea. Con el descubrimiento de las Archeas, nos aproximamos al momento en que empieza la vida: por el encuentro de dos aminoácidos que, conectándose, generan movimiento.

¿Y en qué han consistido tus investigaciones sobre el origen africano de la Humanidad?

– Para mí lo más importante hoy es ir más lejos que los ancestros esclavos de Arnoldo porque tenemos que buscar también la identidad de cada uno más allá; calculé que tenemos 70 generaciones si llegamos al año 1 de Cristo, de nuestra Era. 70 generaciones es muy poco, cuando estudié quería llegar a lo vivo, ¿de dónde viene lo vivo? Si Arnoldo y yo no queríamos pensar lo vivo con Dios, ni la vida con religión, nos quedaba la ciencia.

Y yo quería seguir por ahí, ¿qué es lo esencial para educar a los hijos? sin raza porque es anécdota, sin plata porque ser rico o ser pobre es anécdota también; con Arnoldo llegábamos a donde a él le gustaba : alcanzar al Hombre Universal. Durante toda su vida dijo: “Usted puede ser presidente o pescador, lo que me interesa en usted es el Hombre”.

“Ese actor de cine me gusta a mí, voy a buscar su dirección y vamos”, y con los cuatro niños nos íbamos, timbrábamos, y como era amigo de todos, siempre la gente lo consideraba como un gurú. Un día me dijo: “esa señora es de Odessa, vamos a saludarla”, cuando llegamos Arnoldo empieza a saludarla en ruso; un negro que hablaba ruso siempre era revolución, él siempre llegaba a donde el negro nunca había ido. Ella estuvo muy encantada de encontrar a Arnoldo, era muy vieja y muy rica, sus amigos íntimos eran reyes y presidentes, había escrito poesías en ruso y en francés, y Arnoldo le dijo: “Katia, usted tiene todo porque la plata se lo ha dado todo, pero no tiene todo porque sus poemas no están traducidos al español, le ofrezco sus poemas en español”, y los tradujo y los publicamos con nuestra fundación. Ella mantuvo su libro sobre las sábanas de su cama hasta el día de su muerte.

Me di cuenta que se debía ir más allá, más lejos. La fortuna es la anécdota, lo entendí, y ahora que hemos educado a los niños sin plata, sin fama, sin algo particular, me doy cuenta, como decía Arnoldo, que lo esencial es el hombre. Que alguien fuera presidente o no, no entraba en su relación con los demás; siempre estaba como un individuo, sin título. Si tú tenías valor, él te reconocía tu valor… entonces me di cuenta que no era esencial ni la plata, ni el color, ni el personaje social, no es tu poder lo que hace tu personalidad, y busqué cuál es el tipo humano, cuál es el hombre original, cuál es el hombre que tiene valor.

Busqué los primeros hombres que hicieron las pirámides, que han tenido esa civilización, que inventaron física, astronomía, matemáticas, lenguaje, y buscando, me fui a Kenia a buscar los primeros sitios arqueológicos del Homo Erectus. Busqué los estudios científicos sobre los grandes simios y sus capacidades similares a las del hombre. Concluí que el Homo

Erectus ya era hombre hecho y derecho: vi con mis propios ojos lo que nunca se había mostrado en nuestras escuelas: un sitio cerca del lago Nakuru, donde se ven diseminadas, en la curva de una antigua corriente, una centena de herramientas con las que hacían sus piedras talladas, de las que mostramos en nuestros museos, demostrando así que esos hombres habían inventado una de las primeras industrias de nuestra historia. Así que concluí, que si esos hombres habían sido capaces de inventar esas herramientas tan eficaces, produciéndolas en serie para intercambiarlas con otros, no era locura imaginarlos riendo juntos, llorando en familia la muerte del padre agonizando, bailando, meciendo a sus bebes en mochilas de fibra, murmurando ternuras a sus parejas, haciendo música.

Después de mucho haber estudiado con Arnoldo los jeroglíficos y la civilización egipcia, supimos que los primeros hombres fueron negros. Hemos estudiado la obra de un amigo de Arnoldo, que es quizá el más sabio de los sabios del siglo XX, el famoso senegalés, Doctor en Física Nuclear, Doctor en Literatura e Historia francesa y Egiptólogo: Cheikh Anta Diop.

Esa inteligencia excepcional ha dado la prueba en el Coloquio Internacional del Cairo en 1974 de que el primer Hombre, Homo Sapiens, era negro, así como todos los primeros Homínidos nacidos en África. "No podía ser de otra manera porque nunca hubieran sobrevivido en esas latitudes sin la protección de la melanina.

Capaz de leer corrientemente los papiros escritos a lo largo de 3000 años antes de Cristo, Cheikh Anta Diop dio la prueba en ese Congreso Internacional de que los faraones y sus pueblos eran negros, que su idioma se habla hoy todavía en numerosas tribus africanas entre Sudán y Senegal, con variantes pero manteniendo aún, hoy día, un constante vocabulario y las estructuras mentales del lenguaje inventado por los primeros grupos humanos civilizados de Egipto.

Cuando Arnoldo estaba en Bogotá los últimos años, me puse a buscar más arriba de los negros de las pirámides, ¿cómo se puede buscar el primer ser vivo?, me pregunté, pues no soy sabia ni tengo ciencia alguna. Entonces lo busqué en mí. ¿Qué es la leche de una mujer? Se sabe hoy que la leche es otra forma de la sangre y que sirve para “terminar”; la última etapa de elaboración del cerebro del feto en la especie Homo sapiens durante sus primeros 4 a 6 meses de vida extra-uterina. Entonces sí sería posible que la leche de las nodrizas negras que alimentaron a mi bisabuela le incorporaron su patrimonio genético y ADN de negras africanas en el cerebro, desde su nacimiento durante por lo menos un año, ¿me habrá ella transmitido mi adoración al Ser africano?

Cuando estás encinta empieza la vida con dos células microscópicas, y eso contiene toda la historia del ser vivo porque va a pasar por la evolución íntegra de nuestra especie, desde las primeras células, pasando por el estado de anfibio que fuimos, con branquias y cola, etc.

En mi opinión cuando nace el ser humano, sabiendo que su cerebro aún no está terminado, que su laringe no está aún en su puesto, que los dedos de las manos no tienen todavía la capacidad de apretar, que su visión binocular no está todavía bien conectada con las zonas apropiadas del cerebro, etc, debemos considerar que durante por lo menos los primeros 100 días de nacimiento de la criatura, estamos criando en realidad a un niño Homo Erectus o más bien Homo Habilis y que, por consecuencia, se puede observar con nuestros propios ojos lo que fue la historia de los primeros homínidos humanizándose.

El Homo Sapiens negro nació hace 150.000 años. Nosotros los blancos somos una adaptación de ese Homo Sapiens que salió del África, se adaptó a los climas fríos hace cuarenta mil años, pues para sobrevivir con poco sol debió disminuir sus índices de melanina.

Cuando el ortopedista de Arnoldo lo operó por octava vez de las secuelas de la poliomelitis, yo le pregunté que si nuestro hijo Pol, que fue nuestro primer hijo negro, era africano, entonces le tocó el anclaje de los músculos gemelos de la pierna y me dijo: “No.

Es un blanco porque él tiene los músculos de la adaptación, ya que no eran capaces de correr tanto como el negro de Sudan, Etiopa o Kenya ”.

Nosotros somos bípedos que nunca fueron monos: los anatomistas como Yvette Deloison, entre otros, ahora dicen que el pie humano adquiere su estructura y la posición exacta de los 26 huesos del pie a los 49 días de su concepción en el vientre de la madre. Es decir, antes de la discriminación sexual entre varones y hembras en la historia de la evolución. Además está demostrado que el hombre siempre se trasladó verticalmente sobre sus dos piernas.

Siempre fue un bípedo permanente. Fueron los Australopithecus y los grandes simios que quitaron la rama y se apoyaron en sus manos para caminar, nosotros nunca hemos tenido necesidad de utilizar nuestras manos y brazos para movernos. Ellos tienen las falanges curvas, nosotros nunca hemos tenido ni un día de evolución en los árboles. Para defendernos y atacar, hemos podido siempre comunicarnos entre nosotros, hacer uso de nuestra capacidad de anticipación, caminar y correr de pie.

Así que somos todos de África, cuando nacen nuestros hijos, son hijos de África para siempre, y siguiendo la fórmula de Cheikh Anta Diop, debemos educarlos armándolos hasta los dientes de estudios científicos.

POR: EL PAIS

 

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