
Donde llegaba abría la casa para que los muchachos del lugar fueran a aprender danzas y cantos ancestrales. Gladys cuenta su historia sin velos ni tapujos y se le escurre la voz cuando cuenta que no fue fácil venirse a Patio Bonito en Bogotá, pero allá está y allá fundó Los Hijos de Obatalá. El primer piso de su casa se le llena todas las tardes de jóvenes que aprenden a bailar mapalé, currulao, cumbia y son de negro.
No les cobra un peso, por el contrario cuando salen presentaciones divide entre los muchachos el dinero. Les enseña a vivir en la diferencia y a fuerza de repetir sin descanso que el estudio es lo único que saca de la segregación y la pobreza, sus muchachos se lo terminaron aprendiendo de memoria y aplicándolo en sus vidas.
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